En Irán es más fácil ser gay que heterosexual

gay_previoEn Irán, para las autoridades, los homosexuales son un problema con el que no tienen que lidiar, a pesar de que en sus calles se libra una batalla abierta, brutal, en su contra. El libro Global gay da fe del triunfo de la cultura homosexual en el mundo, pero aquí presentamos un fragmento que muestra cómo no existe el absoluto en la victoria. En Irán es más fácil ser gay que heterosexual, todo por culpa de la represión que se vive.

uando me encuentro con Amir en los barrios del norte de Teherán, su presencia misma es un desmentido tajante de la mentira de Estado proferida por Mahmud Ahmadineyad. El presidente iraní declaraba el 24 de septiembre de 2007, durante una conferencia pública en la Universidad de Columbia, en Nueva York, eludiendo una pregunta de un estudiante estadounidense sobre la ejecución de homosexuales: “En Irán, no tenemos homosexuales como en vuestro país. [Risas en la sala]. No tenemos eso en nuestro país. [Abucheos del público]. En Irán no tenemos ese fenómeno. No sé quién le ha dicho que lo tenemos”. (Precisemos que en ese discurso Ahmadineyad empleó la palabra farsi hamjensbaz, literalmente “maricón”, y no “hamjensgara”, un término más neutro, equivalente a “homosexual”).

Amir sonríe. Sabe que Ahmadineyad se equivoca. Y por una razón muy sencilla: él es iraní y es gay.

Estoy en un taller de artista y Amir me ofrece caquis y granadas. Tiene 30 años, lleva unas Ray-Ban y un reloj Swatch. Es pintor y me enseña sus cuadros, que son figurativos y me parecen más bien deprimentes. “Oficialmente, la homosexualidad en Irán está prohibida”, me explica Amir. “En teoría, te expones a la pena de muerte, pero la policía debe probar que ha habido un acto sexual consumado y, según el Código Penal islámico iraní, necesita cuatro testigos masculinos irrefutables que hayan visto la escena de principio a fin y que declaren ante el tribunal. En general, los homosexuales no son asesinados. Son perseguidos, vigilados y viven ocultos”. Amir me muestra su espalda, lacerada a latigazos.

“Me condenaron a setenta y cuatro latigazos cuando tenía veinte años, no por ser gay, sino simplemente por beber alcohol. El problema no es tanto la homosexualidad en sí, sino todo lo que se considera “occidental”. Y si la cuestión gay es tabú, es menos un tabú político que un tabú social”. Amir me ha sido presentado como un gay outspoken, abiertamente gay y que lo asume. Nunca sus amores le han hecho temer la cólera de Dios. Y prosigue: “En Irán no hay reglas, no es un Estado de derecho. No sólo es una teocracia, es una dictadura. Es el régimen de la arbitrariedad: el gobierno, la policía y la justicia pueden cambiar las reglas en cualquier momento. Es la versatilidad lo que caracteriza al régimen. Al mismo tiempo, en la mayor parte de los casos, si tienes dinero, siempre puedes untar a alguien: en Irán todo se compra. Hasta una pena de cárcel se puede evitar con sobornos. Naturalmente, ser homosexual es una circunstancia muy agravante, pero hay tantas razones para que te detengan que a mí, por ejemplo, me preocupa menos ser gay que ser un artista inconformista”.

Periódicamente, Irán condena a muerte a homosexuales por “crimen sexual” o “sodomía” (lavat). Recordemos la ejecución, el 19 de julio de 2005, de dos jóvenes homosexuales, Mahmud Asgari, dieciséis años, y Ayaz Marhoni, dieciocho años: las fotografías, atroces, que los muestran en el patíbulo, con la cuerda al cuello, poco antes de ser ahorcados en una plaza pública, dieron la vuelta al mundo. Más recientemente, el caso de Makwan Muludzadeh también suscitó una viva reacción de las organizaciones de defensa de los derechos humanos: ese joven kurdo iraní fue ahorcado en diciembre de 2007 por un acto homosexual supuestamente cometido cuando tenía 13 años y siempre clamó su inocencia (así como su homosexualidad), especialmente en un poema que le escribió a su madre que se ha hecho famoso.

En la mayor parte de los casos, el régimen iraní justificó estos ahorcamientos arguyendo que los condenados habían sido reconocidos culpables no tanto de homosexualidad como de violación homosexual (lavat-be-onf) agravada, pues la habrían perpetrado sobre un menor de trece años. Estos hechos son plausibles, pero no están probados. A pesar de la complejidad jurídica de estos casos, las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos, con Amnistía Internacional y Human Rights Watch a la cabeza, denuncian la mascarada judicial que dio lugar a esas condenas: confesiones arrancadas bajo tortura, testigos que se retractaron, abogados de la defensa incompetentes y graves errores de procedimiento de los tribunales islámicos. Sobre todo, se guardan mucho de entrar en el debate acerca de la homosexualidad y prefieren dedicarse a condenar con virulencia, en nombre de la Convención Internacional de los Derechos del Niño aprobada por la onu y ratificada por Irán, toda condena a muerte de personas menores de edad en el momento de los hechos.

¿Cuántas personas son condenadas cada año en Irán por homosexualidad? No lo sabemos. ¿Cuántos gays son castigados por otros motivos, en los casos de vendetta y ajustes de cuentas locales, o de puestas en escena gubernamentales? Tampoco lo sabemos. ¿Cómo son juzgados estos hechos, probados o inventados, por los tribunales islámicos regionales, más arbitrarios todavía cuando están lejos de Teherán? No lo sabemos. Y, además de las condenas a muerte más espectaculares, ¿qué pasa con las penas de prisión agravadas por el hecho de la homosexualidad? ¿Con las detenciones ilegales, como cuando ochenta y siete personas fueron detenidas durante un cumpleaños gay en 2007? ¿Con las violaciones en la cárcel, que al parecer son moneda corriente para los condenados “sexuales”? ¿Con estar fichado a perpetuidad? Por no hablar de las penas “menores” —setenta y cuatro o noventa y nueve latigazos— infligidas por subversión, por haber socavado la moral o por “buscar ávidamente el placer”. No lo sabemos.

Para obtener informaciones confiables acerca de la situación de los gays en Irán, y para preparar este informe sobre lo que sucede en Teherán, me dirigí a las asociaciones gays iraníes expatriadas en Canadá, Turquía y Estados Unidos. Especialmente en California, visité Tehrangeles, el sobrenombre que se da al barrio de Westood en Los Ángeles donde viven más de ochocientos mil iraníes; allí se encuentra toda una subcultura, con tiendas de alimentación especializadas, cafés musulmanes, salas de concierto de rock iraní, sin olvidar las aproximadamente veinticinco cadenas de televisión por satélite que emiten en farsi desde California y que captan las antenas parabólicas privadas de los habitantes de Irán. La liberación pasa hoy en Irán por unas redes de nombres extraños: Hotbird, Eutelsat, Turksat y, en menor medida, ArabSat, NileSat y Asiasat, que son los satélites extranjeros accesibles desde Irán.

Las asociaciones gays como Iranian Queer Organization o Iranian Railroad for Queer Refugees, o ciertas ONG que atienden a los refugiados gays en general, como oram International, siguen día tras día la situación de los homosexuales que se han quedado en el país, como pude comprobar al reunirme con algunos de sus responsables en Estados Unidos, en Turquía o en Canadá. “Aquí en Toronto sólo hay un centenar de homosexuales iraníes exiliados, es una comunidad pequeña. Pero podemos dar a conocer nuestra asociación en los medios iraníes, sobre todo en las páginas web que existen en Canadá, donde viven más de quinientos mil iraníes”, me explica la poeta Saghi Ghahraman, exiliada en Toronto, donde la entrevisto, y que preside la Iranian Queer Organization. Y desde la famosa frase de Ahmadineyad, según el cual estas asociaciones parece que están mejor financiadas y más reconocidas por las comunidades iraníes expatriadas. “Las personas LGBT han sido durante mucho tiempo marginadas por las asociaciones de iraníes en el extranjero, que no querían añadir esta causa a su lucha. Los ataques del régimen contra los homosexuales han tenido como consecuencia paradójica hacer el tema creíble. Las asociaciones ahora se toman la causa gay muy en serio”, me confirma Hossein Alizadeh, un iraní responsable de la sección de Oriente Próximo de una importante ONG con sede en Nueva York, la International Gay and Lesbian Human Rights Commission (al que entrevisté por teléfono).

@InOutPost

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