Soccerfobia o las consecuencias de no ser oficialmente gay

Animal Político publicó una imprecisa nota en la que se denunciaba cómo una pareja de hombres abiertamente homosexuales asistió a un bar con la camiseta del Atlético de Madrid puesta para presenciar la Final de la Champions League. El texto detalla que: “El grito de ‘puto, puto, puto, puto’ fue más sonoro y duradero que el del gol del empate. Un grupo de entre 15 y 20 personas, la mayoría hombres aficionados del Real Madrid, se posaron alrededor de su mesa para repetir una y otra vez esa palabra. Algunos le jalaron su camiseta del Atlético, hubo otro que escupió en su vaso y quienes le lanzaron besos en tono de burla. Christian no se movió y su pareja también se quedó helado mientras esperaban que todo volviera a la normalidad con el arranque de los tiempos extra, pero no fue así: ‘putos’, ‘mariquitas’, ‘jotos’, los descalificativos no cesaban”, curiosamente la periodista omite todo dato relacionado al nombre o ubicación del bar, tan sólo apunta que sucedió en la Ciudad de México. Un amigo sugirió que quizá la nota pudiera ser inventada.

En realidad me importa poco si la anécdota de la pareja gay hincha de los colchoneros fue verdadera o no, porque el efecto que generó es fascinante, puso en evidencia la hipocresía del casi siempre políticamente correcto pensamiento gay, y que la homofobia, conforme la comunidad gay gana derechos, se convierte en un lamento mezquino.

La resonancia del caso divulgado en Animal Político por parte de la comunidad gay mexicana fue menor, si lo comparo cuando mis paisanos compartían y retuiteaban cualquier noticia que condenaba la represión de homosexuales en Rusia. Recuerdo el orgasmo epiléptico que les daba boicotear aquel vodka ruso de saborcitos.

No sólo eso, hubo gays quienes escribieron: “Pues quién les manda a ir a ver el futbol soccer habiendo cosas más interesantes”. Pregunté si se merecían tal agresión por ser putos y pamboleros al mismo tiempo. Respondieron que no me clavara, que se trataba de una simple broma. Perfecto, soy el primero en aplaudir el humor corrosivo y cruel. No hay pedo. Sólo espero que esos mismos que soltaron la broma no evoquen a la Conapred apenas escuchen la palabra maricón fuera de su zona de confort rosa.

Lo que si no dejaré pasar es que mientras muchos homosexuales no pueden evitar el impulso de recurrir al lugar común de los roles de género impuestos históricamente para quejarse de la homofobia que subsiste (amparados por argumentos extraídos de la teoría queer, reniegan de la consigna costumbrista que dictamina que mientras las mujeres deben jugar con muñecas, los hombres tienen que saber, mínimo, ejecutar una chilena,) si se las han ingeniado mañosamente para construir sus propios roles: los gays agotan las butacas de WickedMentiras, el musical y no deben seguir y ver el futbol soccer. De lo contario, deben atenerse a la consecuencias.

@wencesbgay

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